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Doug Beacham: Encourage, Mayo 2017

Con frecuencia, vamos demasiado rápido de la Pascua al Pentecostés. De hecho, en varias tradiciones de la teología pentecostal se ha perdido bastante al ignorar el calendario cristiano histórico. Para muchos pastores, existen solamente tres domingos principales dentro de la Iglesia: la navidad, la pascua y el advenimiento. Es necesario, dentro de la excelente serie de libros de Chris Maxwell titulada “Pausa” (Pause) detenerse después de la Pascua y prestarle atención a los cuarenta días en los que Jesús ministra antes de su ascensión, mientras se renueva el lugar apropiado para enfatizar el Pentecostés.

Por eso, es necesario recordar que el domingo de Pentecostés, este año, es el 4 de junio, con la ascensión diez días antes, el 25 de mayo. La ascensión de Jesús es descrita en Marcos 16:19, 20; Lucas 24:51-53; y Hechos 1:4-11. El apóstol aludió a esta en Efesios 4:8-16, refiriéndose a los dones de Cristo de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

La conexión con el Pentecostés y el enfoque de la IPHC en el reino de Cristo, se hace más clara al reconocer el énfasis que St. Lucas le da al periodo entre la resurrección y el Pentecostés.

Primero se observa en el evangelio de Lucas su enfoque en qué y por qué Jesús enseñó (Lucas 24:25-32, 44-49). Durante estos cuarenta días, Jesús instruyó a sus discípulos con la siguiente información:

  1. “Éstas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros” (24:44). Lo que significa que Jesús repitió mucho de lo que había dicho durante sus tres años de ministerio; nombró los aspectos de sus milagros y las enseñanzas que debían ser enfatizadas.
  2. “. . . que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (24:44). Jesús les enseñó a los discípulos, todo lo que en aquel tiempo eran los judíos y que su ministerio había sido predicho en la Ley por los profetas y escritos; además, mostró cómo realizó estos testimonios del propósito divino de Dios en el mundo.

En su segundo volumen, los Hechos de los apóstoles, Lucas comenzó con lo que Jesús hizo y enseñó durante esos cuarenta días (Hechos 1:1). Jesús “después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables” (Hechos 1:3). La realidad de la presencia física de Jesús junto con ellos durante dichos cuarenta días, fue afirmada claramente (ver Lucas 24:36-43); su aspecto físico, presente en la singularidad de su resucitado cuerpo, el cual trascendió la ley física normal, le enseño a los discípulos un tema específico: “acerca del reino de Dios” (Hechos 1:3). Su enseñanza más avanzada y profunda sobre ese reino pasa a ser la parte c, completando la a y la b, enunciadas en la parte superior a este.

Se sabe por las parábolas del reino de Jesús en Mateo 13 y el paralelo en Marcos 4, que su enseñanza con respecto al reino de Dios estaba frecuentemente expresada en parábolas; algunas de esas fueron explicadas por Jesús cuando les dio por primera vez la del sembrador y la del trigo y la cizaña (Mateo 13:18-23, 36-43); aunque otras permanecieron como misterios para los discípulos para que así pudiesen reflexionar, discutir y aprender.

Aunque la Biblia no lo especifique, parece razonable que durante esos cuarenta días Jesús explicó en más detalle esas parábolas cuando hablaba del reino de Dios. Mientras he considerado estos cuarenta días, me he encontrado imaginándome a Jesús hablando con Mateo, Marcos (que, aunque no es uno de los doce, fue un discípulo), y Juan, informándoles acerca del énfasis que debían tener para el futuro al relatar su historia.

Se sabe que el apóstol Pedro fue restaurado espiritualmente durante esos cuarenta días (Lucas 22:31, 32; Juan 21:15-18). Sin duda alguna, los siguientes días junto con Jesús fueron momentos de renovación, discernimiento y afirmación, de manera tal, que Pedro siguió adelante sin la culpa paralizante y con la fortaleza que proviene de la gratitud y la humildad. Lo mismo se puede decir con respecto a Tomás, cuya duda fue directamente cuestionada por Jesús (Juan 20:24-29). No cabe duda que Tomás encontró confidente fe, la que más adelante le permite avanzar hacia India como un misionero del Señor resucitado.

Durante ese tiempo, esos cuarenta días son muy importantes; los discípulos estaban en la presencia del Señor resucitado y del Espíritu Santo. Juan 20:19-23 describe cómo en los primeros días de su resurrección, Jesús se reúne con discípulos temerosos y a) trae su paz para trasformar dicho temor; b) comienza a comisionarles para a ser los “enviados”, así como lo fue él; c) “respira sobre ellos, y les dice que reciban al Espíritu Santo”. La presencia del Espíritu Santo estuvo presente durante esos cuarenta días, permitiéndoles aprender y discernir en una atmósfera cargada con vida divina; d) Jesús describe que su poder para liberar del pecado ha sido transferido a los discípulos.

La importancia del reconocimiento del Espíritu Santo en Juan 20:22, da un nuevo ímpetu para el significado del Pentecostés en Hechos 2. En ambas instancias, el Espíritu está presente revelando el camino de la formación de la nueva creación la cual manifiesta lo que significa ser una nueva comunidad en el mundo; una entidad en continuidad con las promesas de Abraham y con el pacto del pueblo de Israel.

Al final de los cuarenta días, Jesús reúne a sus discípulos para su clase de cierre; ellos le preguntan, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? (Hechos 1:6); estoy cambiando de opinión acerca de esa pregunta; solía pensar que habían formulado ese cuestionamiento porque aún no lo entendían. Pero entre más reflexiono con respecto a esos cuarenta días y el hecho que Jesús no rechazó la indagación sobre Israel, solamente la pregunta acerca del tiempo, me convenzo más que Jesús ha dado instrucción del rol de Israel y las promesas para los padres (descrito detalladamente, más adelante, por Pablo en Romanos 9-11). La respuesta a tal, es una expansión y cumplimiento del papel de Israel de ser luz para las naciones. El Espíritu Santo es el agente divino que les permitió ser testigos de Jesús “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Durante esos cuarenta días, los discípulos hicieron un curso intenso de posgrado en la realidad del resucitado Jesús y el poder del Espíritu Santo. Comprometámonos, nosotros mismos, a “tomar el curso” a través de su presencia en Palabra y Espíritu.

 

By Doug Beacham

This article was published in the May 2017 issue of Encourage.

 

Photo Credits: thinkstock.com

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