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Columna Beacham Encourage, noviembre-diciembre 2016

Por Doug Beacham

 

“porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso. ¡Santo es su nombre,” (Lucas 1:49)

 

Hemos llegado al cierre de las últimas semanas y meses del año 2016. La IPHC ha pasado este año enfocándose en la razón fundamental de: la santidad. Nuestra fundación tomó lugar en 1898, entre los numerosos reavivamientos, movimientos y denominaciones nacidos de un avivamiento de santidad, particularmente de la doctrina Wesleyana. A finales del siglo XIX, periodo correspondiente al avivamiento de la santidad, el entendimiento de la santidad fluyó de la Escritura, John Wesley, y de los escritores y predicadores de la época.

En el siguiente enlace: http://iphc.org/corevalues/holiness/ contamos con recursos importantes, os animo a visitar dicho sitio y tomar el tiempo necesario para leer el archivo, en formato pdf, de ‘N.J. Holmes’ “La provisión de Dios para la santidad” (God’s Provision for Holiness). Escrito a comienzos del siglo XX, Holmes relata como un santificado durante dicho periodo.

Durante la llegada de fin del año 2016, con el adviento y la navidad en mente, ofrezco algunas reflexiones acerca de la santidad teniendo en cuenta el año 2017, mientras se hacen las preparaciones necesarias para enfocarnos en nuestro cuarto valor fundamental: En la oración valoramos el Reino de Cristo.

La explicación de San Lucas respecto al advenimiento del Mesías es insuperable entre los cuatro evangelios. Dentro de las narraciones del nacimiento de Juan el Bautista y Jesús, Lucas incluye dos poemas/cánticos que incorporan temas del Antiguo Testamento. Veo estos como “salmos” introductorios para el advenimiento del Mesías; son “salmos” del Nuevo Pacto, arraigados en los propósitos de Dios para con Israel, los cuales encuentran su cumplimiento milagroso en los vientres de dos mujeres.

La primera mujer, que representa al “antiguo” pacto, es Elisabet, una dama de edad madura, que al igual que Sara, alrededor de 2,000 años atrás, es considerada no apta en edad para concebir (Génesis 17, 18, 21). La otra es una joven soltera, virgen profetizada en Isaías 7:14 cerca de 700 años atrás. Las dos conllevan consigo escándalos, la más vieja el de la infertilidad; y la más joven el de un hijo concebido por alguien más diferente a su prometido.

La vida de la señora mayor proclama el poder del Dios de Israel para romper con el vacío humano, la esterilidad y la carencia de frutos. La existencia de la jovencita proclama el poder del Dios de Israel para trascender la maldad humana y las costumbres sociales. A diferencia de las burlas enfrentadas, y, aun así, las que seguirían por enfrentar, Dios proclama bendición sobre sus vidas. Los hombres que hacen parte de sus vidas, llegan al punto tener la capacidad para discernir, respetar y proteger el poder de Dios que obra en las vidas de las dos mujeres.

Si bien, varios temas del Antiguo Testamento son nombrados en estos “salmos”, mi enfoque se centra en como la “santidad” se ve reflejada en ambas.

El primer salmo está en Lucas 1:46-55 y proviene de los labios de la virgen Maria. Antes, el ángel Gabriel se le apareció con el anuncio de que sería cubierta por la sombra del Espíritu Santo (1:35) y que de manera sobrenatural llevaría dentro de sí, en su vientre, a un bebe. Gabriel le informó a Maria acerca de Elisabet, la cual ya tenía seis meses de gestación (1:36). Maria reconoció la calidad del milagro de tal anuncio y respondió ante el mensaje angelical (1:38).

La visita de Maria a Elisabet confirmó el milagro doble que sucedía en sus vidas (Lucas 1:39-45). La respuesta de alabanza de Elisabet, es una de las bendiciones de confirmación y la afirmación de poder creer en lo dicho de parte de Dios (1:45).

Es en respuesta a la confirmación y afirmación de Elisabet que Maria irrumpe en el “salmo” llamado engrandecer, (Lucas 1:46). Aunque Maria reconoce su estado particular y único de bendición, su salmo es una letanía de alabanza al Señor. La versión de la biblia en inglés “New King James” utiliza el pronombre personal “el” o “su” quince veces en su referencia para con el Señor, Dios de Israel. Dios es “poderoso, misericordioso, fuerte, derriba a los poderosos, da de comer a los hambrientos y ayuda a Israel”. Dios hace todo eso acorde a las promesas hechas “a Abraham y su descendencia para siempre” (1:55).

La referencia de Maria frente a la “santidad” se relaciona a la naturaleza ponderosa de Dios que le permite hacer cosas maravillosas más allá de la compresión humana (Lucas 1:49). La trascendencia divina, por encima y más allá de la condición humana de la mancha del pecado, puede penetrar este mundo oscuro con luz, vida y redención. La fiel respuesta de Maria para recibir la bendición y su fomentación, se basa en el poder santo del Dios de Israel.

El segundo salmo o profecía, conocido como Benedictus, es el ‘cántico’ de Zacarías, esposo de Elisabet (Lucas 1:67-79). El anciano sacerdote responde ante el milagro de la concepción y nacimiento de su hijo por medio de la afirmación de la santa fidelidad de Dios a través de los profetas y del pacto con Abraham (1:70, 72, 73). La respuesta adecuada ante tal acto de santa fidelidad es que “Sin temor le serviríamos. En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (1:74-75).

Nótese que la palabra “santidad” traducida en Lucas 1:75, no es el vocablo griego común correspondiente a hagios. Por el contario, es hosiotes y describe la piedad personal que refleja la santa trasformación en el corazón y la vida hacia Dios. La misma palabra es utilizada en Efesios 4:24, “y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (hosiotes).”

El hijo de Elisabet es el profeta que anuncia a aquel en el vientre de Maria, quien es el autor de la “nueva creación” (Hebreos 12:2; 2 Corintios 5:17). Jesús es el que trae el Reino de Dios en carne humana, en medio de los diferentes reinos existentes en el mundo. Es por su santo reino que los puntos de la santificación, santidad, piedad, justicia y la rectitud vienen y fluyen a partir de, mientras vivimos en esta realidad…oscuridad.

 

This article was published in the November/December 2016 issue of Encourage.

Photo Credits: thinkstock.com

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