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La santa iluminación

Por Doug Beacham

 

Dios en Cristo y su divina presencia a través del Espíritu Santo, es la fuente de la santidad. Durante los últimos cuatro meses, hemos examinado varios aspectos de esta verdad. Este mes, la atención se dirige hacia la exploración de las diversas formas en las que Dios obra en cada uno de nosotros para producir santidad. Así pues, las próximas publicaciones de Encourage (junio/julio combinadas) se enfocan en la luz brillante que “ilumina” el cómo Dios obra en nosotros para traernos hacia la imagen de Jesucristo.

En el transcurso de estos meses, en Encourage, encontrará para lectura lo que algunos de los primeros padres de la iglesia de la IPHC escribieron acerca de la experiencia de la santificación. Este mes se dará comienzo con el ya fallecido, Joseph H. King, quizás el teólogo preliminar más significativo de la IPHC, de hecho, el Superintendente General más importante dentro de los primeros cincuenta años de historia de la misma. Durante los próximos meses, tendrá la oportunidad de leer selecciones especiales de N.J. Holmes, G.F. Taylor y algunos más.

Este énfasis de cuatro meses culminará con una oportunidad para que las congregaciones locales aborden dicho tema en el mes de agosto. Para muchos de ustedes, el caso es que sus adolescentes estén de regreso a finales de julio de tan emocionante e inspirador evento conocido como “Youth Quest” en Daytona Beach, Florida. Allí, alrededor de 2,000 adolescentes y líderes juveniles de la IPHC aprenderán acerca de la santidad, y cómo caminar en ella espiritual y culturalmente en un mundo tan oscuro como el de hoy. Al ellos retornar a sus congregaciones respectivas, tendrán la facilidad de hallar en línea, recursos de atención continua durante el mes de agosto mientras se preparan para su regreso a clases. Tales recursos estarán disponibles tanto para adultos como para niños.

Los Artículos de Fe de la IPHC, cuentan con dos artículos muy específicos los cuales abordan el tema de la santificación. El Artículo nueve hace referencia a la “purificación completa” por la sangre de Jesucristo “del creyente justificado del pecado inherente y de su contaminación, posterior a la regeneración”. En otras palabras, luego de ser justificados por la fe y regenerados (nacidos nuevamente) por la fe en Cristo, aun así, permanecen los efectos pecaminosos de nuestra condición de caídos como hijos de Adán y Eva. La santificación, es el término que se utiliza para describir la forma en que Cristo comienza la “purificación completa”.

El Artículo diez, elabora el punto de vista de la IPHC frente a la santificación al afirmar que esta “inicia en la regeneración y se consume en la glorificación”. En otras palabras, la experiencia de nacer nuevamente, de ser nuevas creaturas en Cristo (2 Corintios 5:17), lleva consigo la realidad de vivir “santos para el Señor” y se concluye en nuestra glorificación con Cristo (nuestra muerte). También afirma que “es una obra precisa e instantánea de la gracia adquirida por la fe posterior a la regeneración (Hechos 26:18; 1 Juan 1:9).” Por otra parte, la “santificación libera del poder y dominio del pecado, seguida por el crecimiento permanente en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Corintios 4:6; 2 Pedro 3:18)”.

El himno “Rock of Ages” es cantado esporádicamente en la configuración de adoración contemporánea. De hecho, si se busca en Google sin hacer referencia como tal al ‘himno’, las primeras páginas arrojadas frente a dicha búsqueda son sobre la película de rock and roll del 2012.  ¡No es de extrañar que pocos sepan a cerca de la regeneración, mucho menos sobre la santificación!

El antiguo himno, escrito por el Rev. Augustus Montague Toplady en 1763 e influenciado por las enseñanzas de John Wesley, tiene este verso de apertura en muchos de los himnarios, “Rock of Ages (Roca Eterna), para mí la hendidura, déjame esconderme en ti; deja que el agua y la sangre, desde tu lado herido que fluyó, sea del pecado la cura doble, sálvame de la ira y hazme puro”[i]. La “cura doble” es la salvación de la ira de Dios al estar en Cristo (Romanos 5:9; 1 Tesalonicenses 1:10; 5:9) y luego la purificación por el servicio a Cristo (Mateo 5:8; 2 Corintios 6:6; 1 Timoteo 1:5; 5:22; 2 Timoteo 2:22).

Si bien hay matices de opiniones con respecto a ciertos detalles de la santificación en ordo salutis (orden de salvación), existe un claro acuerdo de que, tras la justificación y la regeneración, la sede del pecado que mora en nuestra naturaleza caída debe ser tratada con el fin de llevar una vida gratificante y abundante. Entre los varios aspectos definitivos, instantáneos y de crecimiento, la santificación es una realidad proporcionada en la expiación y dada a nosotros a través de la fe. Es muy importante la conexión que Pablo hace en Romanos 6:22 entre la santidad y el fruto de la justicia que conllevan a la vida eterna. Hebreos 12:14 dice claramente, “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”.

Entonces, ¿Cómo somos santificados? En primer lugar, por la fe en la provisión prevista mediante la sangre derramada de Jesús (Hebreos 13:12). Esa fe nos permite consagrarnos en la verdad del Padre mediante la cual Él nos santifica (Juan 17:17-19). El asunto de la verdad es esencial para el poder santificador de la Palabra en nuestras vidas (2 Tesalonicenses 2:13). Recibimos la verdad de la Palabra de Dios ya que nos hemos humillado ante la perfección de la santidad en el temor del Señor (2 Corintios 7:1). Indescriptiblemente relevante dentro de nuestra situación actual, la santidad y la abstinencia de la inmoralidad sexual, están directamente conectadas (1 Tesalonicenses 4:3). Por último, el plan y compromiso de Dios es santificar por completo todo nuestro “espíritu, alma, y cuerpo” (1 Tesalonicenses 5:23).

En la era oscura e intelectual en la que vivimos, Dios nos ha dado vida y luz por medio de la verdad, reverencia, y sexualidad moral como aspectos significativos en los cuales Él nos santifica. ¡Que entremos en la realidad de su Palabra que da vida con humildad, esperanza y gozo!

[i] En 1776 el himno fue publicado por primera vez y Toplady cerró el primer verso con la frase, “se del pecado la cura doble, sálvame de la ira y hazme puro”. De cualquier modo, Toplady reconoció el trabajo doble, necesario en nuestras vidas, de la culpa (perdón de los pecados) y el poder del pecado (nuestra humanidad caída).

This article was published in the May 2016 issue of Encourage.

Photo Credits: thinkstock.com

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