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Dr. Doug Beacham Columna Encourage Abril, 2018

El motor de la búsqueda divina

Recientemente estuve en Dearborn, Michigan, un suburbio de Detroit, en una reunión. Durante mi estadía, visité el museo Henry Ford y descubrí una increíble exhibición de artefactos históricos. Uno de esos, en una foto, era la silla en la que el presidente Abraham Lincoln estaba la noche del 14 de abril, 1865 cuando fue asesinado por John Wilkes Booth. Él fue el primer presidente de los Estados Unidos en ser asesinado.

La Guerra Civil que dominó el mandato de Lincoln, y su muerte, días después de la rendición del ejército de Robert E. Lee en Appomattox, Virginia, marcaron fuertemente a una cantidad de generaciones de distintas maneras por más de cien años. Se podría argumentar que, de alguna manera nuestra nación continúa marcada por ambos eventos y los varios niveles de su significado.

Uno de esos niveles de continuo significado desde ese periodo de la historia estadounidense fue recordado a comienzos de este mes. Hace cincuenta años que el Reverendo Dr. Martin Luther King, Jr. fue asesinado en un hotel de Memphis en la tarde del 4 de abril, 1968. Como muchas personas de mi edad en los Estados Unidos, recordamos en dónde estábamos al escuchar la noticia del asesinato de King, muy parecido a nuestros recuerdos del presidente John F. Kennedy en 1963.

Cada generación tiene eventos definitorios; mis padres recordaban dónde estaban cuando eran adultos jóvenes al enterarse del bombardeo de Pearl Harbor el domingo 7 de diciembre, 1941.

Hoy, hay una generación entera cuyas memorias definidas son las del 11 de septiembre, 2001, y los ataques producidos por grupos terroristas islámicos contra el World Trade Center en Nueva York, el Pentágono en Washington, y el choque del vuelo 93 de la aerolínea United cerca a Shanksville, Pennsylvania.

Es una característica humana el recordar eventos significativos tales como cumpleaños, aniversarios de bodas, la muerte de un ser querido, y los acontecimientos principales del propio tiempo.

En la Biblia se pone bastante énfasis en “recuerdos, memoria, memorial”. Pienso en Génesis 9:15 y Dios diciendo que “recordaría su pacto” con el signo del arco-iris. También, Éxodo 12:14 en referencia a la Pascua, “lo celebrarán como estatuto perpetuo”. Malaquías 3:16 se refiere al “libro de los recuerdos” para los que le temen al Señor. En su última cena, Jesús les instruye a sus seguidores comer y beber de su cuerpo y sangre “en memoria de mí” (Lucas 22:19).

Jesús, En Juan 14:26, describe una de las funciones del Espíritu Santo como el ayudador de la memoria, “Pero el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que yo les he dicho”. Entre sus propósitos, el Espíritu Santo sirve como maestro. Un maestro proporciona conocimiento, instrucción, contenido y conduce hacia el entendimiento y la aplicación de lo que ha sido enseñado; da las herramientas necesarias para continuar el aprendizaje de por vida. El Espíritu Santo también sirve para remover el recuerdo de lo que ha sido previamente guardado. En el lenguaje moderno, el Espíritu Santo es el gran ‘motor de búsqueda’. ¡Google y Siri ni siquiera se acercan al poder de la enseñanza/memoria de la tercera persona de la Deidad!

Esto significa que la función de la memoria no es solamente sobre el pasado; por el contario, este es traído al presente para moldear el futuro ya conocido por Dios. El Espíritu Santo hace esta obra personal y corporativamente entre nosotros gracias al testimonio de la Biblia, mediante la gran nube de testigos por medio de las edades cuyas historias nos inspiran, a través del compartimiento de la fe que se da entre los creyentes en las varias formas de la vida congregacional, con la ayuda de la manifestación de los dones espirituales.

El tema de la memoria es importante mientras se entra en reflexión sobre la “transmisión” de la fe de una generación a otra. Es como tomar una pelota de fútbol americano y “pasársela” a la siguiente persona. 1 Corintios 15:3 describe “enseñar”, o “pasar” algo a alguien más. Judas 1:3 utiliza la misma expresión, “para exhortarles a que contiendan eficazmente por la fe que fue entregada una vez a los santos”. Es lo que hacemos como seguidores de Jesús – “pasamos” la fe entre nosotros y a cada generación. ¡No se puede “transferir” lo que se ha olvidado!

Recordemos hacer las cosas importantes las cuales Jesús nos ha mandado: amar, evangelizar, discipular, perdonar, servir y adorar.

 

 

Por Doug Beacham

Este artículo fue publicado en Abril de 2018 en la revista Encourage.

Photo Credits: thinkstock.com

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